Las muertes más raras

En MV aseguradores sabemos que hay quienes padecen largas enfermedades y fallecen con una muerte “esperada” y hay otros a quien la señora muerte se lleva sin previo aviso. En este último grupo entran las personas con muertes raras, esas dignas de los programas como “Mil maneras de morir”. Historias que nadie creería, pero que son completamente ciertas.

Por ejemplo, el vendedor de helados Damnoen Saen-um se murió de la risa, literalmente. Cuentan que el italiano dormía junto a su esposa y empezó a reírse durante dos minutos. La mujer intentó despertarlo sin éxito. Cuando se dio cuenta, Saen-um estaba muerto, aparentemente por un paro cardíaco.

Aquello ocurrió en el año 2003. Mucho antes, en 1923, Frank Hayes se convirtió en el primer jockey en ganar una carrera estando muerto. La historia va así: Hayes tuvo un ataque cardíaco cuando corría sobre Sweet Kiss, su caballo de turno que siguió cabalgando hasta la meta. El jockey falleció en el acto.

En el año 456 a.C, Esquilo, un dramaturgo griego, intentó huir a la muerte. Un adivino predijo que moriría aplastado por una casa, por lo que Esquilo se ocultó en el campo. Al poco tiempo, un quebrantahuesos lanzó una tortuga desde las alturas. El caparazón golpeó a Esquilo en la cabeza. La muerte fue inmediata.

Lee Seung Seop falleció en el año 2005, de una sobredosis de viodeojuegos, o eso parece. Era el año 2005 y el coreano se había instalado en un cibercafé para jugar Starcraft y World of Warcraft. Ya lo habían regañado en el trabajo por faltar. Aparentemente, pasaba largas temporadas jugando. El día de su muerte se contabilizó que estuvo 50 horas frente al ordenador.

Parece que la lengua de Allan Pinkerton tenía veneno, porque murió después de mordérsela. Según el reporte, el detective se cayó al resbalar en la calle, se mordió la lengua y falleció producto de una infección.

Investigando sobre el congelamiento de la carne, el filósofo, político, escritor y científico Francis Bacon murió de pulmonía. El hombre compró un pollo, lo mató y lo dejó en medio de una tormenta de nieve para ver si se congelaba. Esperando los resultados, se enfermó. Lo peor del caso es que el pollo jamás se congeló.

Más extraña es la historia de Tennessee Williams, un dramaturgo que intentó abrir un frasco de pastillas con los dientes. Durante el movimiento brusco, la tapa fue a dar a su garganta con tal fuerza, que Williams se ahogó.

Al George Plantagenet, duque de Clarence, lo sentenciaron a una muerte muy extraña. En 1478 fue ejecutado ahogado… en un barril de vino.

Arrio de Alejandría fue asesinado de una manera muy particular. Lo envenenaron con una sustancia que hizo efecto muchas horas después, mientras estaba en el Palacio Imperial. Según los registros, el veneno le provocó una diarrea que le causó una hemorragia interna y expulsión anal de los intestinos mientras caminaba.

Así que tenga cuidado, porque la muerte acecha a cualquiera. Lo más importante, contrate seguro de decesos. No vaya a ser que muera por un simple tropezón.

 

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